Ahora
cierro los ojos
y
consigo evocar
el
aroma caliente
de
la mies en verano,
esos
largos domingos,
mojados
junto al río.
Por
entonces, jugábamos
alborotando
juncos y libélulas,
amaestrando
grillos,
persiguiendo
la
sombra de los álamos.
Recuerdo
ese olor húmedo,
la
humedad también huele a renacuajos,
tortilla
de nevera y pies descalzos.
Andábamos
creciendo,
por
entonces,
bocetos
de futuro inacabados,
flotando
a última hora de la tarde
en
el gozo sutil de la inocencia.
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