A todos los John Galt
Entonces J. le miró a los ojos
sin
sorpresa, sin odio,
sin
movimiento alguno de su alma.
Y es
así que se fue,
dejándolo
acolchado
en ese
pobre espacio
de
felicidad hueca.
John
Galt partió hacia el norte,
la
pisada segura,
el
pensamiento claro,
componiendo
a su paso
ingenios
y cantatas,
proyectos
e ilusiones.
Construyendo
caminos
que van
a alguna parte,
al fin
plantó su huella
en la
pequeña Atlántida,
donde
lo justo es justo
y la
verdad es cierta.

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