Inútil preguntarse qué es el tiempo,
porque el tiempo no es en la entraña del bosque.
Las horas no transcurren. Desde siempre,
los líquenes abrigando los troncos,
tapizando las rocas.
Desde el minuto cero, los helechos,
la humedad de la hierba,
la plata del arroyo
y esa niebla dorada, fantasmagórica.
Allí sentado, desde el dudoso origen,
el pensador es parte de la roca,
los helechos, la hierba:
es una cosa más entre todas las cosas.
No transcurren las horas.
Solo sus pensamientos se deslizan
arrastrando su historia.
Jirones de su vida flotan ingrávidos
hacia esa luz sutil, fantasmagórica.
En esa rara atmósfera
tendida como un tul sobre lo inerte,
el tiempo no ha nacido.
Detiene el pensador sus pensamientos.
Ahora todo está en calma.
El pensador medita.

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