Por fin me he decidido a traspasar el lienzo,
contraviniendo la rígida etiqueta
que dictan las estrictas normas de la cordura.
En un principio, acaricié los peces,
frutos y corazones que brotan de las ramas.
Con notable cautela, me atreví a sumergir
mi dedo en el
fluido fantasmal y brumoso,
a rozar levemente los troncos de los árboles.
La timidez dio paso a la osadía,
a la emoción, al estremecimiento,
a lanzarme sin red al otro lado.
Entre matices rojos, verdes, anaranjados,
la vida se despliega como fue en un principio:
un manto protector, exuberante y virgen,
un vergel de abundancia y atenciones,
un justo concordato entre todos los seres.
Fantástica utopía de amoroso desorden,
que ahora ya sólo existe al otro lado.

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