Pintura de Pablo Caballero
Entonces fueron abiertos los ojos de ambos
y conocieron que estaban desnudos. (Génesis, 3.7)
Desnudos frente al mundo,
un hombre, una mujer se abrazan, solos,
secuestrados entre tanta belleza
(todo por estrenar: la fresca hierba,
el color de las flores,
fruto de las distintas longitudes de onda
captadas por sus ojos, aunque no lo sabían),
retozando en el fútil placer de la ignorancia.
Algo eclosiona, contra todo pronóstico,
bajo la intensa luz del mediodía
y toma la manzana. Soberbiamente hermosa,
ella le invita a cuestionarse todo,
a tocar el resorte del estremecimiento,
y él se deja tentar:
saborear el fruto de la ciencia,
alcanzar las estrellas, bucear
en la ignota estructura de pequeñas partículas
que construyen el mundo, dejar atrás el cómodo,
el insulso reposo y arriesgarse,
con las manos vacías.
¡Qué magnífica empresa para un hombre
y una mujer que se saben desnudos!